Actualizado martes 14/10/2008 00:10
CRISTINA DE MARTOS
MADRID.- Puede que una copita de vino en las comidas sea beneficiosa para el corazón pero está claro que el abuso de las bebidas alcohólicas es perjudicial. El último descubrimiento, descrito en las páginas de la revista 'Archives of Neurology', es que su ingesta continuada encoge el encéfalo más rápido de lo normal.
Por más que uno lleve una vida sana el paso del tiempo es inexorable, así como sus consecuencias sobre nuestro organismo. Una de ellas, que ni el 'Brain Training' puede evitar, es la pérdida de volumen cerebral, que disminuye un 1,9% cada década, según las estimaciones de los expertos. Junto a la atrofia, aparece un creciente número de lesiones en la sustancia blanca encefálica. Las personas que padecen ciertos problemas, como las demencias, suelen acusar más ambos fenómenos.
Con la literatura médica en la mano, Carol Ann Paul y sus colegas del programa de neurociencia del Wellesley College de Massachusetts (Estados Unidos) pensaron que tal vez el alcohol, igual que sucede con el corazón, pudiera proteger al cerebro en determinadas circunstancias y frenar la atrofia que conlleva cumplir años.
Peor en las mujeres
Tomaron a 1.839 participantes de uno de los mayores estudios de todos los tiempos, el Framingham, y los sometieron a lo largo de tres décadas a siete resonancias magnéticas (para medir su volumen cerebral y las cicatrices en la sustancia blanca). Estos hombres y mujeres, que tenían entre 33 y 88 años, fueron clasificados en cinco grupos en función de su ingesta de bebidas alcohólicas. La mayor parte tenía un bajo consumo y los grandes bebedores eran preferentemente hombres.
Después de ajustar los datos obtenidos en el escáner a factores que podían interferir en el resultado (edad, índice de masa corporal, educación, etc.) "los consumidores moderados tenían un volumen encefálico significativamente más pequeño que los ex bebedores", señala este trabajo, "y los participantes que tomaban más de 14 bebidas a la semana lo tenían menor que todos los demás".
Es decir, no sólo "no se detectó ningún efecto beneficioso del alcohol" a la hora de reducir el ritmo de atrofia cerebral natural, sino que su ingesta se asoció con cerebros de menor volumen, recalcan los investigadores.
Las más perjudicadas por este efecto 'colateral' de las bebidas graduadas fueron las mujeres, en las que era más patente esa aceleración de la disminución del tamaño del encéfalo. Esta particularidad femenina podría explicarse, según Paul, por la diferente forma en que hombres y mujeres metabolizan y toleran el alcohol.
Estos resultados deberán comprobarse en otros ensayos, en los que además podrá determinarse si la atrofia descrita está relacionada con alguna alteración funcional. A pesar de todo, los autores creen que este estudio "muestra un claro mensaje acerca de los posibles daños que puede provocar beber alcohol".
domingo, 9 de noviembre de 2008
mujer = dolor crónico
Existe el prejuicio de que las mujeres se quejan más de dolor que los hombres y se atribuye a factores psicológicos. Es cierto que, según las encuestas de percepción de salud, se quejan más e incluso acuden con mucha mayor frecuencia en busca de ayuda médica. Pero la causa no es la que parece: existe ya un buen número de investigaciones científicas cuyos resultados indican no sólo que hombres y mujeres sufren y viven el dolor de forma diferente o tienen distintos umbrales de dolor, sino también que los mecanismos cerebrales y su respuesta a los analgésicos son completamente distintos.
Experimentos en animales descartan que las diferencias sean psicológicas
La morfina tiene menos efecto en ellas que en ellos
Un estudio de la Universidad de Georgia en Atlanta (EE UU) realizado en pacientes con dolor crónico, liderado por la profesora Anne Murphy, ha descubierto que los hombres reaccionan activando un circuito que une la región media del cerebro conocida como sustancia gris periacueductal con la médula rostroventromedial, y de ahí con la médula espinal. Este circuito es responsable de la percepción del dolor y también de la liberación de endorfinas que lo combaten.
Cuando esto sucede, la morfina, una de las drogas opiáceas más utilizadas como analgésico, es el fármaco que mejor funciona en hombres. Sin embargo, el estudio demostró que ante un dolor persistente de tipo inflamatorio, el mismo circuito se activaba menos en mujeres y, por tanto, la morfina era mucho menos efectiva para calmarlo. "Utilizando diferentes técnicas hemos demostrado", explica la profesora Murphy, "que la morfina es claramente ineficiente en mujeres".
Pero el estudio ha deparado algunas sorpresas: "Resulta muy extraño que, a pesar de que este canal se activa mucho menos en mujeres que en hombres y, por tanto, responden menos a la morfina, las mujeres tienen una red de conexión más densa entre la sustancia gris periacueductal y la médula rostroventromedial. La razón por la que esto ocurre es un misterio", explica Murphy, quien subraya que esa zona del cerebro interviene en procesos relacionados con la emoción, el miedo y la agresión.
En general, en todas las patologías que cursan con dolor se observa una mayor proporción de mujeres que de hombres, pero hay, además, una serie de enfermedades que comportan dolor crónico en las que la incidencia en mujeres es tan mayoritaria que se consideran típicamente femeninas. Es el caso de la migraña o de la fibromialgia, en las que hasta la luz puede llegar a producir dolor y en las que por cada hombre afectado puede haber nueve mujeres.
Pero hasta los genes vinculados con el dolor podrían tener un componente de género. Así lo demostró la investigación de Jeffrey Mogil, de la Universidad McGill en Montreal, Canadá. En experimentos con ratones de ambos sexos se bloqueó el receptor NMDA para suprimir el dolor. Esta supresión no tuvo ningún efecto en las hembras. Más tarde, se demostró en otros experimentos que la versión femenina de NMDA podría ser el receptor MC1R, codificado por el gen Mc1r.
"Si llevas al laboratorio a hombres y a mujeres y los sometes a pruebas objetivas, con distintos tipos de estímulos dolorosos, no siempre hay una diferencia pero, cuando la hay, siempre va en el mismo sentido. Las mujeres o bien tienen una menor tolerancia al dolor o una mayor sensibilidad. Unas veces las diferencias son mayores que otras, pero hay evidencia de que mujeres y hombres procesan el dolor de forma diferente, utilizan distintos circuitos del cerebro, distintos elementos químicos y hasta cierto punto, distintos genes", afirma Mogil.
No todos los investigadores están de acuerdo en que hay una base fisiológica, y atribuyen las diferencias a cuestiones psicológicas. Magdi Hannah, responsable de la Unidad del dolor del King's College de Londres, observa: "En el dolor hay un fuerte componente de percepción y los estudios demuestran que las mujeres buscan ayuda antes. Incluso en condiciones en las que hombres y mujeres sufren la enfermedad por igual, tres de cada cuatro personas que piden ayuda son mujeres". Mogil no lo ve así: "Hay estudios en los que se ha excluido el factor psicológico y todavía se observan diferencias entre hombres y mujeres. La parte psicológica es importante, pero no lo explica todo. Y los resultados se han confirmado en experimentos con animales, donde los factores culturales o psicológicos están excluidos".
Estudios demasiado masculinos
Hasta el 87% de los experimentos sobre el dolor se realizan de forma sistemática utilizando sólo animales del sexo masculino, para tratar de evitar los cambios hormonales a los que se ven sometidas las hembras. Pero recientes investigaciones, que muestran diferencias en los circuitos cerebrales o en las partes del cerebro que están involucrados en el procesamiento del dolor en ambos sexos, empiezan a cuestionar seriamente que las conclusiones de estos estudios puedan ser extrapolables a las mujeres.
"Hace 15 o 20 años en Estados Unidos se introdujo una ley que obliga a realizar los experimentos clínicos tanto en hombres como en mujeres, salvo que hubiera razones de causa mayor. Sin embargo, esto no sirve de mucho si la investigación básica sigue utilizando únicamente animales del sexo masculino. Al fin y al cabo, los experimentos clínicos dependen enormemente de la investigación básica y nadie sabría qué hacer si los mismos experimentos no se hubiesen realizado antes con animales", explica Jeffrey Mogil.
"La idea de no hacer experimentos con mujeres porque cuando tienen la regla sus hormonas pueden afectar a los resultados es absolutamente ridícula, ya que es posible controlar en el estudio todos estos factores. Todo lo que se ha hecho en hombres se tiene que repetir en la versión femenina, porque parece cada vez más claro que no se puede asumir que los dos sexos compartan los mismos sistemas fisiológicos. No hay certeza de que lo que se presume de los hombres pueda ser también verdadero en el caso de las mujeres", afirma Murphy.
"En cualquier caso, si hubiese que elegir un solo sexo, sería mejor desde mi punto de vista elegir a la mujer, ya que es el sexo que más sufre el dolor y a la que más pueden ir destinados los resultados de las investigaciones", concluye.
Experimentos en animales descartan que las diferencias sean psicológicas
La morfina tiene menos efecto en ellas que en ellos
Un estudio de la Universidad de Georgia en Atlanta (EE UU) realizado en pacientes con dolor crónico, liderado por la profesora Anne Murphy, ha descubierto que los hombres reaccionan activando un circuito que une la región media del cerebro conocida como sustancia gris periacueductal con la médula rostroventromedial, y de ahí con la médula espinal. Este circuito es responsable de la percepción del dolor y también de la liberación de endorfinas que lo combaten.
Cuando esto sucede, la morfina, una de las drogas opiáceas más utilizadas como analgésico, es el fármaco que mejor funciona en hombres. Sin embargo, el estudio demostró que ante un dolor persistente de tipo inflamatorio, el mismo circuito se activaba menos en mujeres y, por tanto, la morfina era mucho menos efectiva para calmarlo. "Utilizando diferentes técnicas hemos demostrado", explica la profesora Murphy, "que la morfina es claramente ineficiente en mujeres".
Pero el estudio ha deparado algunas sorpresas: "Resulta muy extraño que, a pesar de que este canal se activa mucho menos en mujeres que en hombres y, por tanto, responden menos a la morfina, las mujeres tienen una red de conexión más densa entre la sustancia gris periacueductal y la médula rostroventromedial. La razón por la que esto ocurre es un misterio", explica Murphy, quien subraya que esa zona del cerebro interviene en procesos relacionados con la emoción, el miedo y la agresión.
En general, en todas las patologías que cursan con dolor se observa una mayor proporción de mujeres que de hombres, pero hay, además, una serie de enfermedades que comportan dolor crónico en las que la incidencia en mujeres es tan mayoritaria que se consideran típicamente femeninas. Es el caso de la migraña o de la fibromialgia, en las que hasta la luz puede llegar a producir dolor y en las que por cada hombre afectado puede haber nueve mujeres.
Pero hasta los genes vinculados con el dolor podrían tener un componente de género. Así lo demostró la investigación de Jeffrey Mogil, de la Universidad McGill en Montreal, Canadá. En experimentos con ratones de ambos sexos se bloqueó el receptor NMDA para suprimir el dolor. Esta supresión no tuvo ningún efecto en las hembras. Más tarde, se demostró en otros experimentos que la versión femenina de NMDA podría ser el receptor MC1R, codificado por el gen Mc1r.
"Si llevas al laboratorio a hombres y a mujeres y los sometes a pruebas objetivas, con distintos tipos de estímulos dolorosos, no siempre hay una diferencia pero, cuando la hay, siempre va en el mismo sentido. Las mujeres o bien tienen una menor tolerancia al dolor o una mayor sensibilidad. Unas veces las diferencias son mayores que otras, pero hay evidencia de que mujeres y hombres procesan el dolor de forma diferente, utilizan distintos circuitos del cerebro, distintos elementos químicos y hasta cierto punto, distintos genes", afirma Mogil.
No todos los investigadores están de acuerdo en que hay una base fisiológica, y atribuyen las diferencias a cuestiones psicológicas. Magdi Hannah, responsable de la Unidad del dolor del King's College de Londres, observa: "En el dolor hay un fuerte componente de percepción y los estudios demuestran que las mujeres buscan ayuda antes. Incluso en condiciones en las que hombres y mujeres sufren la enfermedad por igual, tres de cada cuatro personas que piden ayuda son mujeres". Mogil no lo ve así: "Hay estudios en los que se ha excluido el factor psicológico y todavía se observan diferencias entre hombres y mujeres. La parte psicológica es importante, pero no lo explica todo. Y los resultados se han confirmado en experimentos con animales, donde los factores culturales o psicológicos están excluidos".
Estudios demasiado masculinos
Hasta el 87% de los experimentos sobre el dolor se realizan de forma sistemática utilizando sólo animales del sexo masculino, para tratar de evitar los cambios hormonales a los que se ven sometidas las hembras. Pero recientes investigaciones, que muestran diferencias en los circuitos cerebrales o en las partes del cerebro que están involucrados en el procesamiento del dolor en ambos sexos, empiezan a cuestionar seriamente que las conclusiones de estos estudios puedan ser extrapolables a las mujeres.
"Hace 15 o 20 años en Estados Unidos se introdujo una ley que obliga a realizar los experimentos clínicos tanto en hombres como en mujeres, salvo que hubiera razones de causa mayor. Sin embargo, esto no sirve de mucho si la investigación básica sigue utilizando únicamente animales del sexo masculino. Al fin y al cabo, los experimentos clínicos dependen enormemente de la investigación básica y nadie sabría qué hacer si los mismos experimentos no se hubiesen realizado antes con animales", explica Jeffrey Mogil.
"La idea de no hacer experimentos con mujeres porque cuando tienen la regla sus hormonas pueden afectar a los resultados es absolutamente ridícula, ya que es posible controlar en el estudio todos estos factores. Todo lo que se ha hecho en hombres se tiene que repetir en la versión femenina, porque parece cada vez más claro que no se puede asumir que los dos sexos compartan los mismos sistemas fisiológicos. No hay certeza de que lo que se presume de los hombres pueda ser también verdadero en el caso de las mujeres", afirma Murphy.
"En cualquier caso, si hubiese que elegir un solo sexo, sería mejor desde mi punto de vista elegir a la mujer, ya que es el sexo que más sufre el dolor y a la que más pueden ir destinados los resultados de las investigaciones", concluye.
viernes, 31 de octubre de 2008
obeso=menos placer
LIBERACIÓN DE DOPAMINA
El cerebro de las personas obesas siente menos satisfacción con la comida
Las personas con los circuitos de la recompensa alterados tienen más riesgo de engordar
Los factores genéticos y ambientales se combinan en el origen de la obesidad
El Mundo, jueves 16/10/2008
MARÍA VALERIO
MADRID.- Un batido de chocolate y una resonancia magnética. Eso es lo que han necesitado investigadores de varias universidades estadounidenses para descubrir que el cerebro de las personas obesas siente menos satisfacción al comer. Un estudio que acaban de publicar en la revista 'Science' demuestra que las personas con menor actividad en los circuitos cerebrales que regulan la recompensa y el placer tienen más riesgo de ganar peso. Este efecto es más pronunciado en aquellas con un defecto genético relacionado con la dopamina, el neurotransmisor de las sensaciones placenteras.
Hasta ahora se sospechaba que las personas con obesidad comían en exceso para compensar su falta de placer al comer; sin embargo, ésta parece ser la primera evidencia fisiológica de por qué ocurre esto. Mientras comemos, el cerebro segrega dopamina, un neurotransmisor cerebral relacionado con las sensaciones placenteras; cuanto más nos gusta los que estamos probando, más dopamina produce el cerebro.
Ya se sabía, además, que los obesos tienen menor cantidad de receptores de la dopamina en su cerebro (concretamente en la zona del estriato dorsal que regula las 'recompensas'), lo que les obliga a comer abundantemente para compensar este déficit. "Las personas con menos receptores deben tomar más cantidad de una sustancia, bien sea alimentos o una droga, para experimentar los mismos niveles de placer", subraya uno de los autores, Eric Stice.
Para sus investigaciones, tres científicos de las universidades de Oregon y Yale (ambas en EEUU) estudiaron a dos grupos de mujeres diferentes. Cuarenta y tres de ellas tenían entre 18 y 22 años y un índice de masa corporal (IMC) de 28,6 (por encima de 25 se considera que la persona tiene sobrepeso); el segundo grupo estaba compuesto por adolescentes entre los 14 y los 18 años que tenían un IMC de 24,3.
Utilizando la resonancia magnética funcional, los especialistas observaron cómo reaccionaba el cerebro cuando las mujeres saboreaban un batido de chocolate o bien una sustancia insípida. Curiosamente, aquellas que habían mostrado menor activación del estriato dorsal mientras bebían chocolate eran las que mostraron mayor ganancia de peso durante el año siguiente en el que los investigadores estuvieron controlando su báscula.
"Creo que estamos viendo cada vez más una interacción entre factores culturales (como la abundancia de comida rica en grasas o el sedentarismo) y riesgo genético", explica Stice a elmundo.es. "No todo el mundo desarrolla obesidad en la cultura actual, por lo que parece que ambos elementos contribuyen a su aparición, no parece suficiente con uno solo de ellos".
El papel de los genes
Las imágenes cerebrales también señalaron que la reacción del estriato ante la comida también se veía mermada en el caso de las mujeres que tenían una particularidad genética. Concretamente, los especialistas observaron esta reacción en las participantes con el alelo A1 en el gen Taq1, que está relacionado con el número de receptores de la dopamina que hay en el cerebro.
"Estas conclusiones demuestran que una función deficiente de los circuitos de la recompensa está relacionada con una ganancia de peso poco saludable en el futuro", subraya Stice, un investigador que lleva casi 20 años dedicado al estudio de la obesidad. "De esta manera es posible que algunas intervenciones comportamentales y farmacológicas dirigidas a mitigar ese déficit ayuden a prevenir y tratar la obesidad en algunas personas".
"Estas evidencias demuestran que existe un factor de vulnerabilidad fisiológica que predispone a la aparición de la obesidad", subraya Stice, "y el hecho de que esta relación sea especialmente destacada en personas con una peculiaridad genética nos apunta hacia un importante factor biológico que parece aumentar este riesgo".
Precisamente son estos factores biológicos, como apunta otra de las investigadoras, Cara Bohon, de Oregon, a los que habrá que apuntar mediante algún tipo de intervención para prevenir la obesidad. "La novedad del trabajo radica en que hemos utilizado la respuesta del cerebro ante la comida para ser capaces de predecir un futuro aumento de peso", señala por su parte Dana Small, la tercera firmante.
Sin embargo, y a pesar de su optimismo, reconocen que no se puede descartar tajantemente que sus descubrimientos reflejen una adaptación del cerebro a la sobrealimentación; es decir, que esta falta de placer sea la consecuencia, y no la causa, de la obesidad. "Comer demasiados alimentos poco sanos provoca una alteración de los receptores de dopamina", explica Stice a este periódico. "La gente empieza a comer productos ricos en grasas, lo que hace que no puedan dejar de alimentarse con estos productos porque necesitan cada vez más para estar satisfechos, como en una espiral ascendente".
El cerebro de las personas obesas siente menos satisfacción con la comida
Las personas con los circuitos de la recompensa alterados tienen más riesgo de engordar
Los factores genéticos y ambientales se combinan en el origen de la obesidad
MARÍA VALERIO
MADRID.- Un batido de chocolate y una resonancia magnética. Eso es lo que han necesitado investigadores de varias universidades estadounidenses para descubrir que el cerebro de las personas obesas siente menos satisfacción al comer. Un estudio que acaban de publicar en la revista 'Science' demuestra que las personas con menor actividad en los circuitos cerebrales que regulan la recompensa y el placer tienen más riesgo de ganar peso. Este efecto es más pronunciado en aquellas con un defecto genético relacionado con la dopamina, el neurotransmisor de las sensaciones placenteras.
Hasta ahora se sospechaba que las personas con obesidad comían en exceso para compensar su falta de placer al comer; sin embargo, ésta parece ser la primera evidencia fisiológica de por qué ocurre esto. Mientras comemos, el cerebro segrega dopamina, un neurotransmisor cerebral relacionado con las sensaciones placenteras; cuanto más nos gusta los que estamos probando, más dopamina produce el cerebro.
Ya se sabía, además, que los obesos tienen menor cantidad de receptores de la dopamina en su cerebro (concretamente en la zona del estriato dorsal que regula las 'recompensas'), lo que les obliga a comer abundantemente para compensar este déficit. "Las personas con menos receptores deben tomar más cantidad de una sustancia, bien sea alimentos o una droga, para experimentar los mismos niveles de placer", subraya uno de los autores, Eric Stice.
Para sus investigaciones, tres científicos de las universidades de Oregon y Yale (ambas en EEUU) estudiaron a dos grupos de mujeres diferentes. Cuarenta y tres de ellas tenían entre 18 y 22 años y un índice de masa corporal (IMC) de 28,6 (por encima de 25 se considera que la persona tiene sobrepeso); el segundo grupo estaba compuesto por adolescentes entre los 14 y los 18 años que tenían un IMC de 24,3.
Utilizando la resonancia magnética funcional, los especialistas observaron cómo reaccionaba el cerebro cuando las mujeres saboreaban un batido de chocolate o bien una sustancia insípida. Curiosamente, aquellas que habían mostrado menor activación del estriato dorsal mientras bebían chocolate eran las que mostraron mayor ganancia de peso durante el año siguiente en el que los investigadores estuvieron controlando su báscula.
"Creo que estamos viendo cada vez más una interacción entre factores culturales (como la abundancia de comida rica en grasas o el sedentarismo) y riesgo genético", explica Stice a elmundo.es. "No todo el mundo desarrolla obesidad en la cultura actual, por lo que parece que ambos elementos contribuyen a su aparición, no parece suficiente con uno solo de ellos".
El papel de los genes
Las imágenes cerebrales también señalaron que la reacción del estriato ante la comida también se veía mermada en el caso de las mujeres que tenían una particularidad genética. Concretamente, los especialistas observaron esta reacción en las participantes con el alelo A1 en el gen Taq1, que está relacionado con el número de receptores de la dopamina que hay en el cerebro.
"Estas conclusiones demuestran que una función deficiente de los circuitos de la recompensa está relacionada con una ganancia de peso poco saludable en el futuro", subraya Stice, un investigador que lleva casi 20 años dedicado al estudio de la obesidad. "De esta manera es posible que algunas intervenciones comportamentales y farmacológicas dirigidas a mitigar ese déficit ayuden a prevenir y tratar la obesidad en algunas personas".
"Estas evidencias demuestran que existe un factor de vulnerabilidad fisiológica que predispone a la aparición de la obesidad", subraya Stice, "y el hecho de que esta relación sea especialmente destacada en personas con una peculiaridad genética nos apunta hacia un importante factor biológico que parece aumentar este riesgo".
Precisamente son estos factores biológicos, como apunta otra de las investigadoras, Cara Bohon, de Oregon, a los que habrá que apuntar mediante algún tipo de intervención para prevenir la obesidad. "La novedad del trabajo radica en que hemos utilizado la respuesta del cerebro ante la comida para ser capaces de predecir un futuro aumento de peso", señala por su parte Dana Small, la tercera firmante.
Sin embargo, y a pesar de su optimismo, reconocen que no se puede descartar tajantemente que sus descubrimientos reflejen una adaptación del cerebro a la sobrealimentación; es decir, que esta falta de placer sea la consecuencia, y no la causa, de la obesidad. "Comer demasiados alimentos poco sanos provoca una alteración de los receptores de dopamina", explica Stice a este periódico. "La gente empieza a comer productos ricos en grasas, lo que hace que no puedan dejar de alimentarse con estos productos porque necesitan cada vez más para estar satisfechos, como en una espiral ascendente".
miércoles, 29 de octubre de 2008
odio=circuito cerebral del amor
El circuito cerebral del odio - El odio transcurre por una red neuronal única, aunque comparte áreas con el amor
ISABEL F. LANTIGUA 29/10/2008 El Mundo
MADRID.- La última novedad en torno a Barack Obama, el candidato a la presidencia de EEUU, es que dos neonazis habían urdido un plan para acabar con su vida. En este caso, las razones del odio hacia el aspirante negro son raciales pero puede haber otras muchas motivaciones. ¿Por qué se odia a alguien? ¿Qué pasa en el cerebro de estas personas? Un equipo de investigadores británicos lo ha descubierto.
El odio es un sentimiento biológico complejo que, a través de la historia, ha llevado a los individuos a cometer tantos actos heroicos como viles. Lo mismo que puede decirse del amor. Y es que lo primero que han descubierto los investigadores del Laboratorio de Neurobiología del University College de Londres es que ambas pasiones comparten dos estructuras cerebrales, una semejanza mayor que la presentada con cualquier otra emoción. Por eso, el dicho popular afirma que 'del amor al odio sólo hay un paso'.
Para descubrir 'el circuito del odio', que es único, los investigadores observaron mediante imágenes de resonancia magnética el cerebro de 17 individuos -10 hombres y siete mujeres- mientras veían fotos de caras de personas por las que sentían una seria animadversión (cedidas por cada participante) alternadas con otros rostros neutrales, que no despertaban en ellos ningún tipo de sentimiento.
De esta forma vieron las áreas neuronales que se activan al odiar. Sus resultados, que se publican en la revista 'PLoS One', muestran que la red que se pone en marcha con esta pasión irracional implica a dos regiones que juegan un papel importante a la hora de generar un comportamiento agresivo y en trasladar posteriormente esta conducta a la práctica. Dichas zonas son el putamen �un núcleo situado en el centro del cerebro-, y la ínsula �en la superficie lateral de dicho órgano-.
Los investigadores explican que "estas mismas áreas son las que se activan en el amor romántico".
Varios trabajos han demostrado que entre las funciones en las que participa la ínsula se encuentra la de catalizar las expresiones de disgusto y los estímulos desagradables, mientras que el putamen es el encargado de planificar la respuesta activa, como puede ser agredir a la persona odiada o adoptar una actitud de defensa.
"El hecho de que las zonas del putamen y la ínsula también se activen por el amor romántico no es sorprendente, ya que ambas pasiones pueden conllevar actos irracionales y agresivos", explica a elmundo.es Semir Zeki, coordinador de la investigación.
Los canales propios
Pero junto a estas regiones, el 'circuito del odio' transcurre por vías propias y distintas a la de otros sentimientos. Así, se adentra en la corteza frontal, encargada entre otras cosas de predecir y anticipar las acciones de los otros.
Además, los autores han descubierto que una diferencia fundamental entre el amor y el odio es que "con el primer sentimiento se desactivan partes de la corteza cerebral relacionadas con el juicio y el razonamiento mientras que esto no se produce en el caso del odio, que sólo es capaz de desactivar una pequeña zona localizada en la corteza frontal".
"Mientras el amante es siempre menos imparcial y no atiende al sentido común en lo que respecta a la persona amada, el individuo que odia no suele perder el juicio sino que es muy consciente de los pasos que da y las acciones que emprende contra el individuo odiado", señalan los investigadores.
Asimismo, el trabajo descubre que el odio tampoco comparte un patrón cerebral con otros sentimientos con los que podría tener algo que ver, como la ira, el enfado o el miedo. La amígdala, el cingulado anterior, el hipocampo, las regiones medio temporales y la corteza orbifrontal no tienen ninguna función para odiar pero sí son importantes para los otros sentimientos mencionados. Otro de los hallazgos del equipo británico es que cuanto mayor es el odio que se siente hacia una persona, mayor es la actividad en las áreas cerebrales implicadas.
Para Zeki, además de ayudar a comprender mejor el funcionamiento del cerebro humano, "el descubrimiento puede tener implicaciones en otros ámbitos, como por ejemplo en los juicios a criminales". "Cada vez sabemos más del cerebro. Si es ético o biológicamente deseable interferir en estas emociones básicas humanas es otra cuestión que la sociedad debatirá a su debido tiempo", concluye.
ISABEL F. LANTIGUA 29/10/2008 El Mundo
MADRID.- La última novedad en torno a Barack Obama, el candidato a la presidencia de EEUU, es que dos neonazis habían urdido un plan para acabar con su vida. En este caso, las razones del odio hacia el aspirante negro son raciales pero puede haber otras muchas motivaciones. ¿Por qué se odia a alguien? ¿Qué pasa en el cerebro de estas personas? Un equipo de investigadores británicos lo ha descubierto.
El odio es un sentimiento biológico complejo que, a través de la historia, ha llevado a los individuos a cometer tantos actos heroicos como viles. Lo mismo que puede decirse del amor. Y es que lo primero que han descubierto los investigadores del Laboratorio de Neurobiología del University College de Londres es que ambas pasiones comparten dos estructuras cerebrales, una semejanza mayor que la presentada con cualquier otra emoción. Por eso, el dicho popular afirma que 'del amor al odio sólo hay un paso'.
Para descubrir 'el circuito del odio', que es único, los investigadores observaron mediante imágenes de resonancia magnética el cerebro de 17 individuos -10 hombres y siete mujeres- mientras veían fotos de caras de personas por las que sentían una seria animadversión (cedidas por cada participante) alternadas con otros rostros neutrales, que no despertaban en ellos ningún tipo de sentimiento.
De esta forma vieron las áreas neuronales que se activan al odiar. Sus resultados, que se publican en la revista 'PLoS One', muestran que la red que se pone en marcha con esta pasión irracional implica a dos regiones que juegan un papel importante a la hora de generar un comportamiento agresivo y en trasladar posteriormente esta conducta a la práctica. Dichas zonas son el putamen �un núcleo situado en el centro del cerebro-, y la ínsula �en la superficie lateral de dicho órgano-.
Los investigadores explican que "estas mismas áreas son las que se activan en el amor romántico".
Varios trabajos han demostrado que entre las funciones en las que participa la ínsula se encuentra la de catalizar las expresiones de disgusto y los estímulos desagradables, mientras que el putamen es el encargado de planificar la respuesta activa, como puede ser agredir a la persona odiada o adoptar una actitud de defensa.
"El hecho de que las zonas del putamen y la ínsula también se activen por el amor romántico no es sorprendente, ya que ambas pasiones pueden conllevar actos irracionales y agresivos", explica a elmundo.es Semir Zeki, coordinador de la investigación.
Los canales propios
Pero junto a estas regiones, el 'circuito del odio' transcurre por vías propias y distintas a la de otros sentimientos. Así, se adentra en la corteza frontal, encargada entre otras cosas de predecir y anticipar las acciones de los otros.
Además, los autores han descubierto que una diferencia fundamental entre el amor y el odio es que "con el primer sentimiento se desactivan partes de la corteza cerebral relacionadas con el juicio y el razonamiento mientras que esto no se produce en el caso del odio, que sólo es capaz de desactivar una pequeña zona localizada en la corteza frontal".
"Mientras el amante es siempre menos imparcial y no atiende al sentido común en lo que respecta a la persona amada, el individuo que odia no suele perder el juicio sino que es muy consciente de los pasos que da y las acciones que emprende contra el individuo odiado", señalan los investigadores.
Asimismo, el trabajo descubre que el odio tampoco comparte un patrón cerebral con otros sentimientos con los que podría tener algo que ver, como la ira, el enfado o el miedo. La amígdala, el cingulado anterior, el hipocampo, las regiones medio temporales y la corteza orbifrontal no tienen ninguna función para odiar pero sí son importantes para los otros sentimientos mencionados. Otro de los hallazgos del equipo británico es que cuanto mayor es el odio que se siente hacia una persona, mayor es la actividad en las áreas cerebrales implicadas.
Para Zeki, además de ayudar a comprender mejor el funcionamiento del cerebro humano, "el descubrimiento puede tener implicaciones en otros ámbitos, como por ejemplo en los juicios a criminales". "Cada vez sabemos más del cerebro. Si es ético o biológicamente deseable interferir en estas emociones básicas humanas es otra cuestión que la sociedad debatirá a su debido tiempo", concluye.
resfriado=excesiva reacción inmune
QUÉ OCURRE CUANDO NOS ACATARRAMOS
El resfriado altera la expresión de cientos de genes relacionados con la respuesta inmune
ELMUNDO.ES 29/10/2008
MADRID.- Cuando uno de los 200 virus causantes del resfriado común, el rinovirus, entra en contacto con el ser humano, se produce una alteración en la expresión de muchos genes que están implicados en la respuesta inmunológica del organismo. Es esta reacción inmune exagerada y no el virus por sí mismo, la que provoca los característicos síntomas del constipado, según un nuevo estudio sobre el tema.
La investigación, que se publica en las páginas de la revista 'American Journal of Respiratory and Critical Care Medicine', representa el primer estudio que ha evaluado la respuesta del genoma humano ante el rinovirus, causante de la mayoría de resfriados. En esta investigación, científicos de la Universidad de Calgary (en Canadá) y de Virginia (EEUU) han colaborado con investigadores de Procter&Gamble, uno de los principales fabricantes mundiales de productos para aliviar los síntomas del catarro.
Sin embargo, como destaca uno de los autores, el doctor David Proud, el rinovirus no sólo está detrás del 30%-50% de los resfriados, sino que está implicado también en otras patologías respiratorias, como el asma, la otitis, la sinusitis o la enfermedad pulmonar obstructiva crónica (más conocida por sus siglas, EPOC).
El ensayo contó con la participación de 35 voluntarios sanos, todos ellos estudiantes universitarios. Mientras 18 de ellos constituyeron el grupo de control (se les administró con un espray una solución salina inocua), a los otros 17 que aceptaron 'resfriarse' se les infectó el rinovirus-16 para poder obtener después mediante un pequeño frotis una muestra de las células epiteliales de sus fosas nasales (raspando mediante un pequeño bastoncillo).
En las primeras ocho horas después del aerosol vírico, los científicos no observaron ninguna diferencia genética entre los voluntarios resfriados y el resto. Sin embargo, dos días después de que inocular el virus, los investigadores observaron que el rinovirus había desencadenado una respuesta masiva, desproporcionada en comparación con la amenaza real que supone este patógeno para el organismo.
Tecnología genómica
Gracias a la última tecnología genómica, que permite observar la actividad de cientos de genes simultáneamente, los investigadores observaron cuáles de ellos estaban más activos tras la exposición al virus (llegando a detectar hasta 6.530 diferencias). Algunos de ellos participan en un proceso conocido como quimiotaxis, que utiliza el organismo para captar varias células inmunes y detener la infección, y que estarían relacionados con síntomas como el goteo de nariz, la congestión y la inflamación.
Otro grupo de genes observados son aquellos que generan compuestos antivirales para ayudar a prevenir las infecciones. De hecho, uno de los compuestos antivirales que generaron las células del epitelio nasal de los voluntarios resfriados es la proteína viperin, de la que ya se sabía que ayuda al organismo a defenderse del virus de la gripe. Es decir, añaden, que el cuerpo genera una respuesta inmune ante un catarro similar a la que genera cuando se enfrenta a una agresión vírica mayor, como la gripe.
Para concluir, el estudio observó que durante el resfriado se producen cambios en la expresión genética que indican una reducción en las defensas antioxidantes naturales del organismo. Por ello, se atreven a recomendar que se repongan estos antioxidantes que se pierden durante el catarro para ayudar al organismo a recuperarse cuanto antes. Se calcula que la población adulta mundial sufre un catarro entre dos y cinco veces al año, principalmente en otoño e invierno, que es cuando el rinovirus se encuentra más activo.
El resfriado altera la expresión de cientos de genes relacionados con la respuesta inmune
ELMUNDO.ES 29/10/2008
MADRID.- Cuando uno de los 200 virus causantes del resfriado común, el rinovirus, entra en contacto con el ser humano, se produce una alteración en la expresión de muchos genes que están implicados en la respuesta inmunológica del organismo. Es esta reacción inmune exagerada y no el virus por sí mismo, la que provoca los característicos síntomas del constipado, según un nuevo estudio sobre el tema.
La investigación, que se publica en las páginas de la revista 'American Journal of Respiratory and Critical Care Medicine', representa el primer estudio que ha evaluado la respuesta del genoma humano ante el rinovirus, causante de la mayoría de resfriados. En esta investigación, científicos de la Universidad de Calgary (en Canadá) y de Virginia (EEUU) han colaborado con investigadores de Procter&Gamble, uno de los principales fabricantes mundiales de productos para aliviar los síntomas del catarro.
Sin embargo, como destaca uno de los autores, el doctor David Proud, el rinovirus no sólo está detrás del 30%-50% de los resfriados, sino que está implicado también en otras patologías respiratorias, como el asma, la otitis, la sinusitis o la enfermedad pulmonar obstructiva crónica (más conocida por sus siglas, EPOC).
El ensayo contó con la participación de 35 voluntarios sanos, todos ellos estudiantes universitarios. Mientras 18 de ellos constituyeron el grupo de control (se les administró con un espray una solución salina inocua), a los otros 17 que aceptaron 'resfriarse' se les infectó el rinovirus-16 para poder obtener después mediante un pequeño frotis una muestra de las células epiteliales de sus fosas nasales (raspando mediante un pequeño bastoncillo).
En las primeras ocho horas después del aerosol vírico, los científicos no observaron ninguna diferencia genética entre los voluntarios resfriados y el resto. Sin embargo, dos días después de que inocular el virus, los investigadores observaron que el rinovirus había desencadenado una respuesta masiva, desproporcionada en comparación con la amenaza real que supone este patógeno para el organismo.
Tecnología genómica
Gracias a la última tecnología genómica, que permite observar la actividad de cientos de genes simultáneamente, los investigadores observaron cuáles de ellos estaban más activos tras la exposición al virus (llegando a detectar hasta 6.530 diferencias). Algunos de ellos participan en un proceso conocido como quimiotaxis, que utiliza el organismo para captar varias células inmunes y detener la infección, y que estarían relacionados con síntomas como el goteo de nariz, la congestión y la inflamación.
Otro grupo de genes observados son aquellos que generan compuestos antivirales para ayudar a prevenir las infecciones. De hecho, uno de los compuestos antivirales que generaron las células del epitelio nasal de los voluntarios resfriados es la proteína viperin, de la que ya se sabía que ayuda al organismo a defenderse del virus de la gripe. Es decir, añaden, que el cuerpo genera una respuesta inmune ante un catarro similar a la que genera cuando se enfrenta a una agresión vírica mayor, como la gripe.
Para concluir, el estudio observó que durante el resfriado se producen cambios en la expresión genética que indican una reducción en las defensas antioxidantes naturales del organismo. Por ello, se atreven a recomendar que se repongan estos antioxidantes que se pierden durante el catarro para ayudar al organismo a recuperarse cuanto antes. Se calcula que la población adulta mundial sufre un catarro entre dos y cinco veces al año, principalmente en otoño e invierno, que es cuando el rinovirus se encuentra más activo.
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